J. M. Barrie, 150 años


El escritor escocés, universalmente famoso por haber creado a Peter Pan, nació el 9 de mayo de 1860 · ‘Peter y Wendy’, publicada en 1911, está escrita en un tono al mismo tiempo socarrón e inteligente, irónico y tierno.

J. M. Barrie en el hospital de Bettancourt

Ayer se celebró el 150º aniversario del nacimiento de James Matthew Barrie, el escocés inventor de Peter Pan. Un clásico entre los clásicos que se oculta a nuestra mirada eclipsado por el sin fin de versiones e interpretaciones. Es seguramente más conocida entre nuestros contemporáneos, por ejemplo, la desatinada película de Spielberg, Hook, en la que el protagonista incumple la quizá única regla del libro: todos los niños menos uno (Peter) crecen; o también los dibujos animados de Disney con su ingente merchandising de pegatinas, recortables, videojuegos, etc. Inclusive, no me atrevería a asegurar que haya que en estos momentos más lectores de la obra original que fans de Michael Jackson que todo lo que saben del personaje es que su ídolo se denominó a sí mismo Peter Pan. Lo que me recuerda la mala prensa que ha dado a la obra el síndrome psiquiátrico que lleva el mismo nombre y que obviamente es posterior al libro. Y metidos en harina, no es posible pasar por alto las numerosas biografías sensacionalistas y despiadadas sobre el escritor, quien al parecer sufría enanismo psicogénico. En ellas aparece como un ser diabólico que controla emocionalmente a familia y amigos, acusado por muchos de los suicidios y empresas abocadas al desastre que proliferaron a su alrededor.

Pues bien, aun cuando esta parece ser la perspectiva más actual a la hora de hablar de los escritores de éxito, esto es, sacarles las tripas y no dejar títere con cabeza, se me ha ocurrido que tal vez deberíamos soslayar el escabroso asunto de su vida y, ya que estamos de cumpleaños, enfocar la cuestión desde otro punto. Y entenderán mejor esta decisión, y mi precaución, cuando sepan que Barrie maldijo a todo el que se atreviera a relatar su biografía; y no es tanto que yo sea supersticiosa como que me queda algo de sentido común. Hablemos pues, quizá con un café o un té, que es más british, entre las manos, de su obra más representativa, hermosa como una tarde de otoño, Peter y Wendy.

Mi intención no es otra que recomendarles sencilla y razonadamente la lectura del libro de 1911 que, gracias a Dios, casi cien años después de su escritura, todavía habita en las librerías, al lado quizá de Alicia en el país de las maravillas o El libro de la selva (otro que precedió a Disney). Soy una firme defensora de la lectura de libros como estos que a menudo, y paradójicamente, caen en el peor olvido por culpa de su desbordante popularidad. Barrie nos lo cuenta todo con cierto tono humorístico, no exento, ocasionalmente, de crueldad. Una mezcla esta que arranca la sonrisa al lector, lean si no este pasaje en el que el matrimonio echa sus cuentas para decidir si están en disposición o no de criar a su hija recién nacida: “El señor Darling estaba muy orgulloso de ella, pero fue muy honrado: se sentó al borde de la cama de la señora Darling y se puso a hacer cálculos mientras ella lo miraba suplicante. Ella, pasara lo que pasara, quería arriesgarse a quedarse con la niña, pero él no tomaba así como así las decisiones: él cogía un lápiz y un papel y, si ella lo interrumpía, tenía que empezar las cuentas de nuevo […] Nunca le cuadraban las cuentas, pero al final se quedaron con Wendy, porque las paperas sólo iban a costar doce chelines con seis peniques, y el sarampión y la rubeola se consideraron una sola enfermedad”.

Aunque Barrie nació en 1860, sus comentarios sociales nos alcanzan con la misma eficacia con la que alcanzaron a los lectores de la época: “A la señora Darling le gustaba que todo estuviera perfecto, y el señor Darling siempre quería hacer exactamente todo lo que hicieran sus vecinos. Así que, por supuesto, tenían una niñera. Como eran pobres, porque los niños bebían mucha leche, la niñera era una perra de Terranova muy estirada, que se llamaba Nana, y que no había tenido nunca dueño hasta que los Darling la contrataron.” La mirada crítica se centra también en los roles de clase y de género, y muchas veces los personajes caen en el ridículo por causa de las apariencias, como la ocasión en la que el padre de familia expresa su consternación porque la citada perra, la niñera, no lo respeta: “Yo estoy segura de que te admira muchísimo, George’, solía asegurarle la señora Darling”.

Estracto del artículo publicado por Ana Ramos en el Diario de Sevilla el día 14 de Junio de 2010

Os recomiendo su lectura. A mí me ha emocionado.

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